Las palabras finalmente como algo que se toca y se palpa, las palabras como materia ineludible.
—Amparo Dávila, «Tiempo destrozado»
La montaña ve impasible a la mujer mientras escribe en la última hoja del cuaderno que las casas sí son cosas porque cualquiera puede quitártelas. Los hombres vinieron a decirle que tiene que irse antes del amanecer y las mariposas negras anuncian el mal presagio. La montaña la ve como mira al ave que sobrevuela su cima todos los días, o a la liebre que ha muerto y cuyo olor pronto atraerá a las moscas, o a las máquinas que le crean surcos en la superficie. Los ve impasible porque sabe que está hecha de tiempo. La mujer escribe palabras que traen colgando algo tras ellas, algunas parecen significar lo mismo pero no es así, porque una suena como la cascada y la otra como el vidrio rompiéndose. Se pregunta qué es lo que cuida allá arriba, protege a la montaña o al alambre, y de qué. La respuesta está en que la mujer a la que llaman la montañera no vive en la montaña, sino con ella y, como la misma lo explica, esa diferencia es más que una palabra.
El monte de las furias, la novela más reciente de la escritora uruguaya Fernanda Trías y ganadora del Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2025, tiene dos voces narradoras igual de interesantes: la mujer que llaman “la montañera” y la montaña que esta dice custodiar.
La mujer, cuyo nombre nunca es revelado, describe en cuadernos las actividades cotidianas que ocupan sus días: la labor en el jardín que no es lo mismo que “patio”, pues este último trae colgando la palabra “trabajo”, el recorrido que hace diariamente al alambre para ver que no haya nada inusual, las conversaciones que mantiene con el Celador, y el cuidado de los cuerpos que de un día para el otro comenzaron a aparecer en el monte. Cuenta, además, algunos episodios de su infancia y la relación complicada que tuvo con su madre.
La montaña narra en tercera persona cómo es que vino a ser, la búsqueda contemplativa de su origen, la curiosidad que le producen los efímeros animalillos que se llaman hombres y sus divagaciones sobre qué es el amor para ellos.
En la novela se explora la capacidad de la palabra para llevar el paisaje de la montaña al papel, para recrear imágenes que transmitan sensaciones, para conservar la memoria y darle voz a la montaña misma. La reflexión en torno a las palabras es especialmente rica a lo largo de todo el texto. Se plantean preguntas sobre cómo representar en el papel no sólo imágenes, sino también sonidos, texturas y sensaciones; cómo el elegir una palabra en lugar de otra añade diferentes matices a la frase; cómo se puede evocar algo más allá de los trazos que se plasman en la hoja; cómo se le da voz a la naturaleza, cuál es el lenguaje de sus sentimientos y de sus secretos. La monteñera se pregunta «¿Cómo se escribe una nube?» y, a pesar de que cree no dominar el arte de las palabras y no tener respuesta a su pregunta, yo creo que sí logra «dibujar con letras»1 una nube para el lector:
No alcanza con decir que está hecha de gotas: el viento detenido, la lluvia que espera. Es como si la lluvia estuviera atrapada dentro de una red, con miles de gotas esperando a que la red se rompa o a que alguna de ellas logre abrir un huequito y ayude a que las otras también se escapen. Pero lo raro es que la red y las gotas son la misma cosa. No sé si me explico. Pienso en la red que mi abuela se ponía en la cabeza para asegurar los ruleros. Pienso en la red que sirve para transportar papas. Nada de eso se parece a la nube, donde las gotas conforman los hilos de esa misma red. ¿La nube se atrapa a sí misma o es como un imán que atrae la humedad?
Puesto así, una nube es solo una palabra.
Esta n u b e son cuatro letras y nadie podría afirmar que esta n u b e tenga algo que ver con la masa turbia y suspendida que ahora veo por la ventana.
¿Cómo se escribe, entonces?
(Trías, 2025, pág. 139)
Más allá de las preguntas que plantea, Fernanda Trías propone maneras de representar las imágenes, lo sensorial e incluso lo invisible. Durante la lectura de la novela no pude evitar pensar en la frase que pongo de epígrafe en este texto: «Las palabras finalmente como algo que se toca y se palpa, las palabras como materia ineludible»2. Yo diría que en El monte de las furias la palabra cobra plasticidad y se puede tocar. Prueba de ello es que la narradora confiesa la lucha que tiene con ellas, cómo se le atraviesan y son difíciles de recorrer en su intento por escribir las bellas imágenes de la montaña.
Algo más a destacar son los recursos visuales de los que se vale Trías para acompañar las letras en la página, por ejemplo, frases repartidas en varios renglones que aportan visualmente al sentido, imágenes hechas de palabras, o bien, fotografías que aún no han sido reveladas.
«Aquello solo ocurría por las noches. Y en la mañana, nada, en la mañana solo el talón hirviendo, una marca roja en el talón que tuvo, que fue
puente
entre esto y lo otro.»
(Trías, 2025, pág.187)


Otro elemento fundamental de la novela es la reflexión sobre el pensar en términos de propiedad. La montañera se pregunta: ¿las casas son cosas? ¿a quién le pertenece un cuerpo muerto? ¿la tierra tiene dueño? La mujer parece llevar una vida sencilla, alejada de las cosas materiales en la montaña, arriba de Pueblo Pobre y más alejada aún de la Ciudad Roja donde abundan las máquinas y la acumulación de objetos parece ser lo común. Sabe que su casa en realidad pertenece a su jefe, el dueño de la montaña, así como todo lo que está del otro lado del alambre que custodia.
Los monólogos de ambas narradoras se enmarcan por el trabajo que llevan a cabo los hombres en el bosque neblinoso, las huelgas en la cantera y los cuerpos que empiezan a aparecer en el monte. Aunque nunca se dice explícitamente qué es lo que hacen los hombres, se puede interpretar que las máquinas que manejan se utilizan para explotar los recursos. Así pues, siendo la montaña el hogar de diversas especies de flora y fauna, se le ve en términos de propiedad y, por más ridículo que pareciera, tiene un dueño. Cobra sentido entonces la afirmación de la mujer al inicio de la novela: “las casas sí son cosas porque cualquiera puede quitártelas”. En este caso, al explotar y saquear el ecosistema en beneficio de su supuesto dueño, se deja sin hogar a todas las especies que lo habitaban.
En una época en la que el consumismo no hace más que ir en aumento y la acumulación de bienes se ha vuelto símbolo de estatus, El monte de las furias plantea una reflexión necesaria:
La montaña preguntó: ¿Cuál es el sentido de la vida?
El Gran Destructor respondió: Existir sin dejar huella, existir para que todas las cosas sigan existiendo.
(Trías, 2025, pág. 235)
En fin, El monte de las furias es una novela contemplativa muy bella en la que se piensan los límites del lenguaje y se contrasta la violencia humana que busca el beneficio propio, con la crudeza de la montaña cuyo fin es conservar la vida cíclica de las especies que la habitan. Esta es la primera novela que leo de Fernanda Trías, pero en definitiva no es la última. He de decir que a pesar de haber sido mi última lectura del 2025, fue mi favorita del año.
- «Quien domina el arte de las palabras puede dibujar con letras, y para quien las lea será como verlo, será como sentirlo» (Trías, 2025, pág. 136) ↩︎
- Esta cita la tomo del cuento «Tiempo destrozado» de Amparo Dávila ↩︎
Referencias:
Dávila, A. (2009). Tiempo destrozado. Cuentos reunidos. México: Fondo de Cultura Económica.
Trías, F. (2025). El monte de las furias. México: Penguin Random House.


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