La abuela narra cómo, siendo aún pequeña, vivió el momento en que se iluminó por primera vez la plaza de Armas de Santiago: el enmudecimiento general de los asistentes al encenderse los faroles, la desaparición de las sombras que hasta ese momento los acompañaban, la súbita llegada del amanecer en medio de la noche. Describe el miedo que sintió cuando resucitó el día y notó la trampa que la luz eléctrica hacía con el tiempo. Su nieta la escucha atentamente y se imagina de pie junto a ella siendo testigo de las ya lejanas promesas luminosas; imagina a la niña rubia que toma con fuerza la mano de su madre, los aplausos y el festejo posterior. Está inmersa en la ficción que narra su abuela cuando de repente, el cortocircuito, las zonas que siguen a oscuras reclaman su atención. Y es que la ceremonia de la luz en Santiago fue en 1883, veinticinco años antes del nacimiento de su abuela. ¿Por qué inventaría un recuerdo falso? Se pregunta ¿Por qué dirigir su mirada a terrenos invisibles? ¿qué mensaje se oculta en esta historia y qué es lo que su abuela le encarga descifrar en ella?
Desde muy pequeños, incluso antes de entender siquiera lo que es, nos cuentan pasajes de la Historia. Ya en el kínder nos contaban que muchos años antes llegó a las costas un señor en tres barcos que según eso descubrió América. Que muchos años después, pero mucho antes de que nosotros naciéramos, hubo una guerra para independizar el país. Y que hubo varios señores que hicieron algo importante para que los inmortalizaran en billetes. No fue sino hasta que pasaron los años y los ciclos escolares, que esas historias fueron adquiriendo detalles y matices, se fueron complicando y conectando unas con otras, y nos fuimos dando cuenta de que la Historia no es tan simple como la contaban y tampoco existe sólo una versión de esta, sino que se construye de muchas memorias. Elizabeth Jelin explica que “En cualquier momento y lugar, es imposible encontrar una memoria, una visión y una interpretación únicas del pasado, compartidas por toda una sociedad […] Siempre habrá otras historias, otras memorias e interpretaciones alternativas, en la resistencia, en el mundo privado, en las ‘catacumbas’ ” (2002). A partir de un diálogo brillante entre la ceremonia inaugural de la luz eléctrica en Santiago y los eventos de la dictadura, Chilean Electric, novela de la escritora, guionista y actriz chilena Nona Fernández, dirige la mirada del lector a aquellas otras memorias de la Historia de Chile.
Como en muchas ciudades latinoamericanas, la plaza de Armas de Santiago fue y es el kilómetro cero de la ciudad y el punto de encuentro para los eventos importantes: desde la Conquista fue lugar de intercambio comercial, fue donde se hacían las ejecuciones en la horca, los fusilamientos, los desfiles y las procesiones religiosas; también fue donde, en 1883, se llevó a cabo la ceremonia inaugural de la luz eléctrica que no prometía más que bondades; donde se encendieron velas por los desaparecidos de la dictadura casi cien años después; y donde se celebró la misa de Salvador Allende para darle el funeral de Estado que no tuvo, a veinte años de su muerte. Es también el lugar donde ocurren los cortocircuitos que dirigen la mirada de la narradora hacia las historias que se preferiría olvidar.
La novela se divide en cuatro partes: “Registro de instalación”, “Registro de consumo”, “Deuda pendiente” y “Corte en trámite”. Los títulos parecen frases que podríamos encontrar en cualquier recibo de la luz, sin embargo, en el contexto de la novela adquieren otros sentidos muy interesantes que tienen que ver con la relación entre la promesa de progreso y lo que se hizo en pos de esta. En la primera parte, “Registro de instalación”, se presenta la incógnita que echa a andar al texto. Es donde la historia de la abuela sobre cómo vivió un evento en el que no pudo haber estado porque aún no nacía, genera extrañeza y obliga a la narradora a dirigir la mirada a lugares oscuros. Es también aquí donde se empieza a insinuar la delgada línea entre la ficción y la realidad mediada por los archivos: primero eran los reportes escritos a máquina los que certificaban que algo había ocurrido y era real; con el tiempo, “más que las palabras, ahora las imágenes luminosas de la televisión eran la fuente de lo real” (Fernández 2018, 37), pero surge la pregunta de qué historias son las que se transmitieron por este medio y cuáles quedaron en el olvido.
A lo largo del texto la narradora introduce los cortocircuitos posteriores que llaman su atención y la hacen recordar y registrar la memoria a partir de sus propios recuerdos infantiles y de los fragmentos que le dejó su abuela. Ella no se ocupa de los grandes eventos que se registran en los libros de Historia y terminan pasando los filtros televisivos, sino de las historias de los olvidados que piden ser iluminadas. En su búsqueda de respuestas, la narradora regresa a la plaza de Armas y se vuelve a preguntar cuál es el mensaje oculto, qué es lo que su abuela quería que mirara. Para ello visita la Historia del país antes de los tiempos de la luz y las promesas de progreso que llegaron con esta. Entiende pues, que la supuesta iluminación conllevó también grandes pérdidas humanas y piensa en todos los cuerpos sumergidos en las sombras, extraviados, tirando mensajes de auxilio. Es entonces que encuentra una posible respuesta a su enigma:
Lo único que puedo hacer es observar. Observar y registrar, iluminando con la letra la temible oscuridad.
Cannileddi di picuraru, velitas de ovejero.
Quizá ese sea el mensaje oculto dejado por mi abuela, el encargo que circula en esa escena que inventó para mí: iluminar con la letra la temible oscuridad. (Fernández 2018, 90)
Cuando la narradora se pregunta por qué su abuela le dejó aquél farolito que generaría el cortocircuito en la memoria, explica que las historias de los abuelos iluminan el pasado para proyectarlas al presente y al futuro, de manera que se cuentan historias para salvar a alguien, salvar a quienes ya no pueden hablar. Así pues, Fernández vuelve la mirada a esas palabras que fueron acalladas, a esos recuerdos que se trataron de borrar e “ilumina con la letra la temible oscuridad” de esas otras historias de la dictadura, creando un territorio en la página donde la memoria de los desaparecidos perdura.
Referencias
Fernández, Nona. 2018. Chilean Electric. Barcelona: Editorial Minúscula.
Jelin, Elizabeth. 2002. Los trabajos de la memoria. Madrid: Siglo XXI Editores.


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