We may paddle many moons on the sea, but our canoes will never enter the channel that leads to the yesterdays of the Indian people. –E. Pauline Johnson (Tekahionwake) Podremos remar en el mar durante muchas lunas, pero nuestras canoas jamás encontrarán el canal que nos guíe a los ayeres de los pueblos originarios. [Traducción propia]
Hace poco leí el texto de Yásnaya Aguilar titulado “Ëëts, atom. Algunos apuntes sobre la identidad indígena” (2017). Días después empecé a leer, un tanto azarosamente, Living on the Borderlines (2019), el debut literario de Melissa Michal, escritora, fotógrafa y profesora de escritura creativa de ascendencia séneca. Mientras leía la colección de cuentos de Michal me pareció que varios fragmentos del ensayo de Aguilar resonaban con los temas abordados en los relatos, los cuales exploran, entre otros temas, lo que significa ser o tener ascendencia indígena, las muchas fronteras por las que son atravesadas las naciones originarias de Estados Unidos y Canadá y el trauma generacional resultado del colonialismo.
Aguilar aborda en el ensayo las implicaciones de ser catalogada y autodenominarse indígena siendo que no hay un equivalente para dicha palabra en su lengua materna, el mixe, dice entonces: “Si definimos “pueblo indígena” como una nación que no formó su propio estado nacional, quedó encapsulado dentro de uno y además sufrió colonialismo, podremos ver que el rasgo indígena se crea y se explica siempre en función de la existencia de un Estado. Soy indígena en la medida en que pertenezco a una nación encapsulada dentro de un Estado que ha combatido, y combate aún, la existencia misma de mi pueblo y de mi lengua […]” (Aguilar, 2017, p. 22) Es decir que se trata de una categorización impuesta por sujetos externos a las naciones originarias del continente americano a las cuales, a pesar de conformar comunidades tan diversas, cada una con organizaciones sociopolíticas, lenguas y culturas propias que datan de muchos siglos antes de la formación de los Estados modernos, se les tiende a catalogar dentro de un mismo grupo homogéneo y subalterno. Es cierto que, como explica Aguilar, pertenecer a naciones sin estado hermana a estas comunidades como indígenas, sin embargo, las experiencias atravesadas por el colonialismo no son necesariamente las mismas debido a los factores contextuales que las rodean a cada una.
En el primer relato de la colección que le es homónimo, se introduce uno de los grandes temas que hilan todo el libro y se relaciona con lo que menciona Aguilar. El cuento inicia con la siguiente frase: “Standing at the water’s edge, the line remains invisible. He can see the line, a mind map. But he also knows why the line exists and who placed it across his nation” (Michal, 2019, p. 3) [Desde la orilla del agua, la línea permanece invisible. Puede ver la línea, un mapa mental. Pero también sabe por qué la línea existe y quiénes la trazaron a través de su nación.][1]. El hombre mohawk, protagonista del relato, es consciente de la frontera que delimita los Estados Unidos y Canadá y separa, además, a su comunidad de otras comunidades mohawk y de las demás naciones originarias cuyas fronteras acordadas en tiempos lejanos fueron borradas para ser sustituidas por una mucho más marcada. Pero su consciencia de la línea fronteriza implica más que la división de Estados, se trata de una imposición que atraviesa también su identidad. En el relato se plantea entonces la consciencia ineludible de saberse situado entre las fronteras literales y simbólicas, así como la imposibilidad de volver a lo que alguna vez fueron los pueblos originarios, pero sin por ello renunciar a las resistencias que podrían traer cambios importantes:
«Change comes whether you want it or not; it’s simply how you deal with those evolutions. He isn’t looking for the canoes to return to the water, like they presume.
He wants the lines gone. That simple. Disappear from his vision.
One whole nation again among six nations.» (Michal, 2019, p. 4)
[El cambio llega lo quieras o no; se trata sólo de cómo lidias con esas evoluciones. No espera que las canoas regresen al agua como ellos piensan.
Quiere que ya no existan las líneas. Así de simple. Que desaparezcan de su campo de visión.
Una nación entera entre seis naciones.]
Michal también plantea preguntas sobre lo que implica ser reconocida y reconocerse a sí misma como perteneciente a una comunidad originaria, ¿basta con tener ascendencia de alguna de las naciones? ¿se puede ser indígena sin haber crecido dentro de las reservas o sin haber experimentado la cultura y las tradiciones? ¿cómo se aprende lo que significa la comunidad, lo que significa ser indígena? En varios de los relatos se plantea la pregunta sin ofrecer realmente una respuesta, sino más bien reconociendo la complejidad de esta. En “The Long Goodbye”, por ejemplo, a Nala le cuesta trabajo entender los periodos de silencio de su abuela quien fue llevada a uno de los internados indígenas cuando era pequeña, los cuales buscaban que los niños asimilaran la cultura estadounidense a través de procesos sumamente traumáticos cuyo objetivo era borrar su propia cultura. Nala busca constantemente respuestas sobre lo que le pasó a su abuela en su niñez y lo que significa ser séneca para lograr entender lo que intentaron arrebatarle:
“Mom, why can’t you just tell me who we are exactly? What our community means?” […]
“You need to go out and experience it. You know, go to the dance group or with your grandfather on his walks”
“[…] Is that the only way to be Indian?
[…] The trouble was that [her mother] had learned by just being. She hadn’t had a discussion either. There was no easy lecture on being Seneca. And there was no easy way to be Seneca.” (Michal, 2019, p. 14)
[–Mamá, ¿por qué no solo me dices quiénes somos exactamente? ¿Qué significa nuestra comunidad? […]
–Necesitas salir y experimentarlo. Ya sabes, ir al grupo de baile o con tu abuelo en sus paseos.
–[…] ¿Esa es la única manera de ser indígena?
[…] El problema era que [su madre] había aprendido simplemente siendo. Tampoco había tenido una plática. No había una clase fácil sobre ser séneca. Y no había una manera fácil de ser séneca.]
En “A Song Returning” se vuelve a plantear la pregunta, pero con otro matiz cuando cuatro hermanos recuerdan a Gabriella, la hermana más pequeña que fue dada en adopción siendo una bebé. La agencia que gestionó el proceso de adopción les había asegurado que incluso si los padres adoptivos no eran sénecas, a la niña la criarían como tal llevándola a eventos, bailes y centros culturales. Una de las hermanas se pregunta: “how is that being Seneca?” (Michal, 2019, p. 36) [¿qué de eso es ser séneca?]. Aunque ninguno de los hermanos sabe responder, tienen la certeza de que es una de ellos por el lazo de sangre. Los personajes de este relato se retoman en “Nothing but Gray” complejizando la pregunta al abordar la perspectiva de Gabriella. Hasta antes de recibir la carta de una de sus hermanas biológicas, Mía, diciendo que la quieren conocer, Gabriella no sabía que era séneca: “She simply was not sure how she felt about being Native American. It didn’t mean anything to her.” (Michal, 2019, p. 86) [Sólo no sabía de cómo se sentía sobre ser nativa americana. Para ella eso no significaba nada.]. Gabriella no sólo se enfrenta entonces a la desconexión con sus hermanos biológicos sino también con el conocimiento y la experiencia de toda una tradición que la unen a sus ancestros.
La colección se compone de trece relatos en total en los que se exploran diferentes maneras de ser indígena, particularmente séneca, en tiempos actuales. Los personajes habitan las fronteras como ciudadanos de un Estado moderno y miembros de una nación cuyas prácticas culturales están en constante lucha entre la conservación y el cambio: el tallado de madera y los bordados tradicionales, los bailes, las canciones, los powwows donde se reúne la comunidad, los conocimientos transmitidos de generación en generación, las conexiones con los entornos y con los ancestros. Se aborda también la dicotomía de prácticas tradicionales que resultaron del proceso doloroso del colonialismo, pero que pueden ser vistas como símbolo de resiliencia como es el caso del fry bread, el platillo tradicional que se creó cuando no había más que comer por los desplazamientos forzados y la opresión de las naciones originarias. O bien, de la comercialización del tallado de madera que en tiempos pasados había sido un símbolo de honor.
Creo que una de las virtudes de esta colección de cuentos, aparte de la prosa tan linda de Michal cuyo ritmo en ocasiones se vuelve hipnotizante, es la franqueza con la que se exploran las preguntas complejas de las identidades rescatando también las conexiones espirituales con la naturaleza y con los saberes ancestrales como parte importante de la vivencia y el ser séneca. Me parece que este es el único libro publicado de Melissa Michal hasta el momento, pero ha publicado algunos ensayos y otros relatos en revistas electrónicas, y en su página personal anunció que ya terminó de escribir una novela con una premisa interesantísima, así que estaré al pendiente de su publicación.
[1] Todas las traducciones de las citas textuales de Living on the borderlines son propias.
Referencias:
- Aguilar, Y. (2017). Ëëts, atom. Algunos apuntes sobre la identidad indígena. Revista de la Universidad de México. Núm. 1, 17-23. https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/f20fc5ef-75e2-44d0-8d5b-a84b2a87b7e3/eets-atom-algunos-apuntes-sobre-la-identidad-indigena
- Michal, M. (2019) Living on the Borderlands. Nueva York: Feminist Press.




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